Las manifestaciones digitales y físicas operan como componentes interconectados de la acción cívica moderna y no como fenómenos aislados, según análisis de científicos sociales y organizaciones de la sociedad civil. Aunque las plataformas virtuales permiten a los movimientos coordinarse y expandirse con rapidez hacia las calles, los desequilibrios estructurales en las redes digitales y los sistemas algorítmicos de recomendación imponen límites sobre quién participa y qué contenidos logran visibilidad.

La antropóloga Yatun Sastramidjaja afirma que no existen diferencias significativas entre las protestas presenciales y las virtuales, más allá de desarrollarse en el mundo real o en el entorno digital. Según Sastramidjaja, ambos formatos tienen la capacidad de movilizar a las masas y trabajan en conjunto para complementarse durante las campañas.

De las plataformas digitales a las calles

Las protestas cívicas nacidas en internet han dado el salto al espacio público físico en reiteradas ocasiones. Movilizaciones callejeras pioneras, como la Primavera Árabe y el movimiento Occupy, se apoyaron en redes digitales durante sus fases iniciales antes de materializarse en marchas y ocupaciones presenciales.

La organización digital también ha movilizado a comunidades políticas no tradicionales. En Corea del Sur, los clubes de fans del K-pop participaron en acciones vinculadas a la destitución del presidente Yoon. Fenómenos similares se han repetido con grupos de seguidores en protestas sociopolíticas de otros países, como Indonesia.

La Open Society Foundation considera que la protesta digital es una vía de entrada para que los jóvenes se impliquen por primera vez en causas sociales. Según la organización, interactuar con estas iniciativas en internet sirve como un primer paso accesible para dar el salto al activismo físico en las calles.

Límites estructurales de las redes digitales

A pesar del alcance de las herramientas digitales, los investigadores subrayan que los espacios en línea no son democráticos por naturaleza. La académica Merlyna Lim sostiene que las redes digitales no son intrínsecamente igualitarias ni ofrecen a la ciudadanía las mismas oportunidades para participar en el debate público.

Lim explica que, al margen de la brecha en el acceso a la tecnología, el diseño estructural de internet presenta las propiedades de una red libre de escala cuya distribución de grado sigue una ley de potencias. Esta arquitectura de base se ve agravada por las disparidades existentes en el reparto de la tecnología digital en la sociedad.

Además de estos problemas estructurales de distribución, las propias características de las plataformas condicionan la circulación de la información. Los algoritmos de internet intensifican las cámaras de eco al recomendar contenidos basándose estrictamente en los intereses del usuario. Este filtrado automatizado puede recluir a las personas en entornos informativos cerrados y mermar la difusión pública de los llamamientos de los activistas a colectivos más amplios.